jueves, 5 de febrero de 2009

El rebelde no nace se hace


Me convertí en anti sistema el día que recibí la primera bofetada de mi padre.- me dije para adentro: ¡Hostia, esto no me lo esperaba!. Mi vida entonces se encontraba en una democracia perfecta, yo cuando me ponía a llorar a pleno pulmón, me caía como premio una buena dosis de leche materna, ya hacía algunos días que me había dado cuenta del valor del sonido bucal y la presión que podía ejercer sobre los demás pero, en esa temprana edad no distinguía entre sexos y estaba convencido que dando la tabarra a cualquiera de los dos, madre o padre, no me faltaría el chupe calentito. Un buen día que mi madre no estaba en casa. Me dije: ahora le toca a éste y comencé por peteneras intercalando seguidillas sin parar, hasta que vi con mis propios ojos, como le iba cambiando la cara y convirtiéndose en fiera, no se lo pensó dos veces: Zasss… castañazo que me crió. Buaaa… –rompí en llanto—, pero luego lo pensé mejor y me trague mis primeras lágrimas, no fuera que le tomara gustillo y repitiera la dosis. Aprendí desde entonces una lección: Ambos me podían poner calentito, uno el estomago, el otro la cara, y me dije: este tío no es de fiar.
¿Por qué se lo tomaría tan mal cuando era una llamada de mis instintos hambrientos? Los hombres no tenemos paciencia ni espíritu de sacrificio y, saltan como un resorte por cualquier nadería. –Desde mi perspectiva actual pienso que me había cogido ojerizas y envidiaba el lote que me pegaba cada vez que cogía las tetas, que las dejaba como pimientos asados; las que otrora fueran suyas por distinto motivo— Desde ese día cuando estaban juntos y quería mamar, no era tan expresivo, me andaba con pies de plomo ¡Cualquiera se fiaba! Eso sí, cuando él no estaba, me explayaba a mis anchas. –Que bien sienta llorarle a una madre y como te comprende—

Rafael años cuarenta

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